Mariano Aguilar

Moradas
Pinturas
Del 14 de enero al 18 de febrero de  2022

 

Mariano Aguilar Maluenda, Barcelona 1955. Ha residido en Palma desde 1985 y  ha dedicado sus años a la pintura y a la enseñanza.

 

Moradas reúne 177 pinturas al óleo de pequeño formato, en su mayoría interiores.

“Mi pintura va de la mano con lo que más me preocupa en cada momento. En este último tiempo debido a la especulación inmobiliaria, mis ojos se han movido a través de los portales de internet por: lugares, viviendas, habitaciones, interiores, con sus muebles y sus objetos. Retrato lo que está a punto de desaparecer y trato el tema de manera íntima y un poco nostálgica”.

 

MORADAS

Durante años he paseado al atardecer, me distrae mirar los edificios y adivinar cómo son sus habitaciones principalmente en aquellos pisos que se alquilan; siempre me he preguntado lo mismo ¿cómo sería mi vida si viviera ahí?.
Escudriño los portales de las inmobiliarias de internet buscando un lugar donde vivir mis últimos años y donde sobre el espacio. Es entonces cuando veo casas de otras regiones donde la vivienda es mucho más barata y visito sin querer, debido a la limitación de mi presupuesto, las casas más humildes y me sorprendo viendo en sus fotos de interiores grandes verdades, que sobrepasan la finalidad informativa para la que se realizaron. Son casas donde no hay decoración, están y son sin más razón que sobreviviendo.

Sus moradores ya no están pero han dejado en su uso, sus vivencias y su espíritu adheridos a las paredes, sus objetos que hablan por sí solos, ya sea por su colocación, por la forma de agrupar los objetos que muchas veces han dejado de manera precipitada. ¡Ay cuanto sé de estas casas sin siquiera haberlas habitado! Qué llenos de señales están sus rincones, sus pasillos, dormitorios, cocinas, sótanos, buhardillas plagados  de significados verdaderos, que van más allá de su mera contemplación convirtiéndose en un universo de experiencias atrapadas que me devuelve a otros espacios, lugares, épocas, edades, personas, amigos y familiares, muchos de ellos ya desaparecidos.
Este poder evocador se debe en gran medida a que las habitaciones eran parecidas a algunas vividas, quiero decir demasiado vividas para poder pintarlas sin dolor, otras en cambio sin conocerlas parecía como que las hubiese vivido. Entrar en ellas, o sea pintarlas, era volverlas a vivir y así conocer a sus moradores. Es como pintar una colección de retratos, junto al mío propio.