Damià Ramis Caubet

El animal como tema llegó a mi obra –pintura y escultura- poco a poco, sin hacer ruido. Primero fueron algunos insectos, después llegaron los peces y las lagartijas. Y así seguido. Sin yo darme cuenta, este pequeño zoológico fue desplazando, sin empujones, al cuerpo humano –macho y hembra- que hasta entonces había sido el amo y señor de mis creaciones.

 

Reconozco que no me dolió nada olvidarme de las anatomías humanas, quizá porque hacía ya un tiempo que el Hombre, como concepto –objeto y sujeto- iba perdiendo interés como referencia inspiradora. Me aburría la monotonía del “cabeza, tronco y extremidades” de siempre y, lo que es peor, perdí interés por el ser humano como ente pensante, reflexivo y creativo.

 

Quizá el hecho de que hace ya más de treinta años que viva y trabaje en la Serra de Tramuntana, en plena montaña, rodeado de naturaleza y de bichos, haya influido en esta evolución  conceptual, no sé; pero lo cierto es que en todos los años que llevo dedicado a la escultura – que van para cuarenta- jamás una temática había calado tan hondo en mis trabajos. Y, así en confianza, tiene toda la pinta de haber venido para quedarse hasta el final.

 

A veces me he preguntado el porqué de esa seducción por el animal como referencia temática, y la única respuesta razonable que encuentro es que en el animal queda concentrada toda la esencia expresiva, estética  y experimental que siempre he buscado en el arte. Cada obra es un mundo, un enigma a resolver. Nada tiene que ver un pato con un chimpancé, ni un pez espada con un búho; y ahí está el reto. Me apasiona que cada animal me plantee  una nueva incógnita con su “arquitectura” anatómica y sus movimientos, y en esa evolución/renovación constante creo que está el secreto de la supervivencia de mi obra y el entusiasmo con el que inicio cada uno de mis trabajos.

 

Al final, cuando observo una de mis esculturas acabadas, lo que tengo ante mí es un perro, o un gallo o una pantera, pero mis ojos, y mis emociones, se van olvidando del cuerpo del animal y se concentran en el juego de texturas y colores que dan vida a la obra. Y allí me identifico, y a veces me sorprendo. Y me pregunto si toda mi obra vivirá en aquellos pocos centímetros cuadrados.

 

 

 

 

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