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Comisariado por Fernando Gómez de la Cuesta bajo el título de "Salvajes", MA participa con Andrés Planas en 

ONE PROJECT

Andrés Planas

Andrés Planas (Palma, 1957)

Uno de los objetivos que pretende “Salvajes. La cage aux fauves” es el de poner en valor aquellos itinerarios que discurren al margen de lo usual y de lo convencional, para ello, la trayectoria de Andrés Planas, es sin duda un buen ejemplo. Un artista de formación autodidacta, culto y de ojo agudo, que ha ido absorbiendo sus intereses a partir de una curio sidad superlativa, un camino de amores, desamores y pasión, que le ha llevado a transitar sendas de expresión y de conocimiento muy variadas, pero que tienen como elemento común una incontenible pulsión que actúa como motor creativo de sus diferentes proyectos.

Planas ha estado voluntariamente y en muchas ocasiones fuera de los circuitos habituales, tanto de los comerciales como de los institucionales, alejado de los focos de poder del sector, de los foros de visibilidad preestablecidos, de las cámaras y de los medios, de las capillas y de los clanes, pero lo ha estado, no tanto como amante y profesional del arte ya que siempre ha mantenido un vínculo constante con lo que estaba sucediendo- sino como un creador que aborrece todas esas convenciones sociales y profesionales sobre las que la dictadura contemporánea dice que se debe construir una carrera. De hecho, Planas, es un caníbal que va devorando todo lo que encuentra a su paso y merece la pena, todas las exposiciones, todos los museos, las galerías, las ferias, los eventos, pero no tanto aquello que tiene que ver con lo extra-artístico o con lo meramente promocional.

La diversidad generacional en la selección de artistas de “Salvajes” también pone el punto de mira, desde una perspectiva crítica, sobre todos esos prejuicios que tienen que ver
con la “necesidad de juventud” de los participantes en según qué proyectos y propuestas.

 

En un sector profesional como es el de las artes visuales, absolutamente precario y sin

el desarrollo estructural necesario, se debe asumir que una de las travesías más duras es aquella que comienza justo cuando termina esa manoseada “emergencia”, cuando el artista ha pasado su fase de formación y sus primeras presencias en las propuestas que para ellos se habilitan, muchas veces circulares y recurrentes, y debe seguir su camino hacia delante.

Es evidente que los inicios son una etapa crítica en cualquier trayectoria, un comienzo que debe ser respaldado, reforzado y promovido, procurando vías de acceso claras y bien dotadas que mejoren, de manera pública o privada, la proyección de los creadores que forman parte del tejido. Pero no es menos cierto que, tan difícil como empezar, es mantenerse, más aún cuando te hallas en un sector que no cuenta con unas infraestructuras tan estables y competentes como para sostener el desarrollo de las carreras profesionales que deberían crecer en su seno.

La trayectoria de Andrés Planas es uno de esos recorridos de resistencia que se extienden en el tiempo, a veces sin ninguna visibilidad ni pretensión por mostrar ni por mostrarse, pero que se ha mantenido gracias a una vocación inquebrantable y una independencia absoluta que le ha permitido, casi siempre, hacer lo que le ha dado la gana.

Las series con las que Planas participa en “Salvajes” dejan en evidencia todos esos intereses que concentra el autor, una sensibilidad que, al igual que les ocurriera a aquellas fieras enjauladas de principios del XX, converge con el arte primitivo, en especial con el africano, con el sexo, con la desmesura, con los tabúes, con la violencia y con la muerte, con la religión y contra la iglesia, contra la enseñanza represiva, y lo hace con un anti-clasicismo que se refiere permanentemente a lo clásico, a la vez que huye de lo inocuo y de la indolencia. Un artista que llena sus piezas de pasión, de lucha, de posicionamiento y de vehemencia, demostrando un apetito insaciable y una inteligencia clarividente que procesa y depura lo engullido para plasmarlo en una obra que no da tregua. Su gusto por lo abyecto, por lo desagradable, es equiparable a su incansable búsqueda estética, transitando esos terrenos fronterizos donde la belleza se define por contacto, simbiosis y colisión con lo siniestro. Es por ello que en muchas de sus piezas incluye el cráneo como icono, como símbolo, pero también como concepto, como una vanitas que actúa casi como una firma y que nos recuerda la vacuidad de la vida. Planas mantiene una investigación recurrente sobre lo inadecuado, donde imágenes de sexo explícito se alternan con escenas violentas, donde comparecen sotanas, biblias, fetos, implantes mamarios y otros dis- positivos quirúrgicos, que nos hablan de los sacrificios de la mujer y de los abusos a la infancia. Sin embargo, Planas, siempre dice que su intención primera no es la de la denuncia social ni un posicionamiento político, sino que, más bien, responde a una necesidad personal de exorcizar sus demonios, de sacar sus fantasmas y de sanar sus miedos, una catarsis necesaria que da salida a una incontenible y salvaje pulsión interna.

Texto Fernando Gómez de la Cuesta

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